La noche que serví a Joël Robuchon
En 2017 organicé y dirigí un evento en el Restaurante Club Náutico Marina Greenwich, en Altea. Entre los invitados, Joël Robuchon y su familia.
Para quien no lo sitúe: Robuchon fue el cocinero con más estrellas Michelin de la historia. 32. Le llamaban el maestro de los maestros. Los mejores chefs del mundo peregrinaban a sus restaurantes para entender qué era la perfección.
Y esa noche se sentaba en una mesa que era mi responsabilidad.
Diseñé la carta pensando en quién la iba a juzgar. Un plato en especial: aspic con cangrejo real de Kamchatka. El aspic es cocina clásica francesa — gelatina natural, producto desnudo, cero sitio donde esconderse. Delante de Robuchon no presentas artificio. Presentas técnica y producto, y que hablen ellos.
Quedó contento con la organización. Y en especial con la carta.
Del resto de la velada no voy a contar nada. Ni de qué se habló, ni con quién estaba, ni cómo era de cerca. Quien trabaja en este nivel lo entiende: la discreción no es una cortesía, es parte del servicio. Los clientes vuelven donde saben que su mesa no se convierte en anécdota.
Un año después, Robuchon nos dejó. Aquella noche quedó en mi memoria como una de las lecciones más grandes de mi carrera: al máximo nivel no te examina un crítico ni una guía. Te examina alguien que ha dedicado su vida entera al oficio. Y ese examen no se aprueba con espectáculo. Se aprueba con trabajo bien hecho.
Más de 35 años de hostelería me han enseñado que las noches importantes no son las que se fotografían. Son las que se sirven bien.